2: Lo que queda de un hombre bestia

Sebastián tardó tres intentos en entender dónde estaba.

No porque el lugar fuera confuso, sino porque su mente se había vuelto lenta. No rota del todo, pero sí deshilachada, como una cuerda que alguien había estado desatando con paciencia.

El centro de rehabilitación no se parecía a nada de lo que conocía. No olía a óxido, ni a sangre seca, ni a miedo concentrado. Tampoco a hogar. Era un olor neutro, casi ofensivo. Limpio sin ser acogedor. Como una mentira bien formulada.

Estaba sentado en una camilla baja, con los pies desnudos tocando el suelo frío. Le habían quitado las esposas hacía horas, pero su cuerpo seguía manteniendo la misma rigidez, los hombros encorvados, la espalda preparada para un golpe que no llegaba.

Tenía sed.

No una sed dramática. No la urgencia desesperada que llevaba a suplicar. Era peor. Era una sequedad constante en la garganta, una molestia persistente que le recordaba, segundo tras segundo, que seguía vivo.

Tragó saliva.

Nada.

Intentó hablar, pero solo salió un sonido áspero, inútil. Frunció el ceño, molesto consigo mismo, y volvió a intentarlo con más cuidado.

—Agua…

La palabra apenas fue un susurro. Si alguien no estaba atento, podría haber pasado por un simple carraspeo.

Una asistente humana levantó la vista desde la tableta que sostenía. Lo observó sin prisa, como si evaluara un objeto que había estado guardado demasiado tiempo.

—Ahora —dijo ella, sin dureza ni amabilidad—. Respira primero.

Le acercó un vaso de plástico, transparente, con agua tibia. Sebastián lo tomó con ambas manos. Le temblaban.

Eso también le molestó.

Bebió despacio. Demasiado despacio. Había aprendido a no confiar en nada que llegara fácil. Cuando terminó, devolvió el vaso sin decir gracias. No por orgullo, sino porque la palabra no se le formó en la boca.

La asistente no pareció ofendida. Hizo una anotación y se marchó.

Sebastián bajó la mirada.

No pidió perdón.

No porque no lo sintiera. Sino porque no sabía exactamente por qué tendría que hacerlo. El perdón, como tantas otras cosas, se había vuelto abstracto.

A su alrededor, otros hombres bestia ocupaban el espacio en silencio. Algunos hablaban en murmullos bajos. Otros miraban al frente sin parpadear. La mayoría compartía el mismo aire de desgaste, de haber sido usados hasta que el rendimiento dejó de justificar el esfuerzo.

Él era uno más.

O eso creyó.

—¿Tú también eres nuevo?

La voz era femenina. Suave, pero firme. No temblaba.

Sebastián levantó la cabeza con lentitud, preparado para encontrar otra mirada vacía, otro cuerpo marcado hasta la indiferencia.

No fue eso.

Ella estaba sentada a unos pasos de distancia, sobre el borde de una cama idéntica a la suya. Era una mujer bestia de su misma especie, perro-lobo, aunque más pequeña. El pelaje oscuro caía de forma natural, sin los parches irregulares que delataban maltrato prolongado. Tenía cicatrices, sí, pero no superpuestas. No caóticas.

Había sido dañada. No destruida.

Eso la hacía peligrosa, de una manera distinta.

—Sebastián —respondió tras una pausa, más por costumbre que por voluntad.

Ella asintió.

—Me llamo Lía.

Lo observó sin descaro, con una atención abierta que lo incomodó. No evaluaba su fuerza ni su utilidad. Parecía medir otra cosa.

—No pareces… recién salido de una arena —añadió ella.

Sebastián soltó una risa seca que no llegó a ser risa.

—No lo estoy.

Lía inclinó la cabeza ligeramente.

—Entonces vienes de una casa.

Él no respondió.

Eso fue respuesta suficiente.

Durante un momento compartieron el silencio. No era incómodo. Era extraño, más bien. Sebastián no recordaba la última vez que había estado callado junto a alguien sin que eso significara peligro.

—Yo estuve con una familia menor —dijo ella, sin que él se lo pidiera—. No ricos. No crueles. Solo… descuidados. Cuando el negocio empezó a ir mal, me vendieron.

Lo dijo sin amargura. Como un hecho administrativo.

Sebastián cerró los ojos un segundo.

Una casa grande. Pisos brillantes. Una mujer de mirada fría. Otra de sonrisa fácil. Una habitación que nunca fue suya del todo.

Sophia.

El nombre apareció sin permiso, y con él una sensación incómoda que no era rabia ni nostalgia. Era algo peor: conciencia.

Sebastián apretó la mandíbula.

Horas después, cuando las luces bajaron de intensidad y los cuerpos se acomodaron para una noche sin verdaderos sueños, Sebastián se quedó despierto. El techo blanco le devolvía una claridad cruel.

Había reaparecido en el mundo.

No como el hombre bestia arrogante que había sido. No como el favorito de una casa que nunca lo eligió del todo.

Sino como lo que quedaba.

Y lo que quedaba no pedía perdón.

Apenas podía pedir agua.

Y, en el fondo, Sebastián entendía que eso era lo más humillante de todo.

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