3: La rutina
Victor estaba en la cocina, sirviendo café mientras el aroma del grano recién molido llenaba la casa. La luz de la mañana se colaba por las ventanas, iluminando los contornos de Sophia, que se movía con calma por la sala, revisando documentos sobre la mesa. Cada gesto suyo parecía calculado, elegante, incluso cuando estaba distraída.
—Te has levantado temprano —comentó Victor, llevando la taza hacia ella—. ¿No querías dormir un poco más? pensé que te dejaría cansada ––inquirió coqueto. Últimamente se sentía con la libertad de incluso ser un poco más expresivo o molestarla vagamente. Su relación pasaba de ser una de "dueña-mascota" a algo mucho mas cercano.
Sophia no levantó la vista, pero un pequeño gesto en la comisura de sus labios delató que le agradaba su atención.
—Tengo cosas que pensar —respondió, con la voz baja—. El centro… hay un caso que me preocupa.
Victor se acercó y apoyó suavemente su mano sobre la de ella, sin presionar, solo marcando presencia. Su mirada buscó la suya, y por un instante, Sophia se detuvo, dejando de lado los números y los informes.
—¿Quieres compañía? —preguntó él, con una mezcla de ternura y determinación que siempre la desarmaba un poco.
Ella asintió, cerrando los ojos por un segundo. Victor se inclinó, rozando su mejilla contra la de ella, un contacto breve pero cargado de intimidad. La tensión entre ambos era palpable, cargada de complicidad y de la chispa que siempre habían compartido, sin necesidad de palabras.
Se movieron juntos hacia el sofá, y Victor se sentó detrás de ella, rodeándola con sus brazos. Su cercanía era reconfortante, protectora. La seguridad y comodidad de Victor era transparente, podía transmitirla sin hablar.
Sophia pasó unos segundos en silencio, prácticamente usando a Victor como un enorme cobertor de piel de lobo. Sus brazos cruzaban por enfrente de su pecho como un arnés muy suave. Sophia acariciaba de forma distraída, casi sin darse cuenta, las cicatrices queloides de anteriores heridas mal atendidas. Se detuvo en unas bastante llamativas, aquellas en las muñecas, donde anteriormente colgaban cadenas.
—Hay algo… —dijo, bajando la voz—. Quiero que me acompañes al centro hoy. Es un caso complicado, y necesito tu opinión.
Victor frunció ligeramente el ceño, mezclando curiosidad con un toque de celos. No es que no le gustara que Sophia se preocupara por otros hombres bestia, respetaba su juicio y su autoridad. Su causa era noble y un enorme gesto de empatía hacia él mismo. Si ella estaba haciendo esto mismo, era por lo que él le había contado sobre su propio sufrimiento. Sin embargo algo en su insistencia lo alertó y sintió la necesidad de descubrirlo.
...
Sebastián despertó con la sensación de haber olvidado algo importante.
No era un recuerdo concreto. Era más bien la ausencia de uno, como un hueco donde debería existir una certeza. Durante varios segundos permaneció inmóvil, mirando el techo gris del pabellón sin parpadear, tratando de identificar qué lo incomodaba tanto. Su respiración era superficial. El cuerpo, pesado. Como si cada músculo necesitara permiso para moverse.
El centro de rehabilitación tenía un horario estricto. Luces encendidas a las seis. Recuento a las seis y media. Terapia física a las siete. Terapia conductual a las nueve. Todo estaba diseñado para devolver estructura a quienes habían sido reducidos al caos. A veces funcionaba. A veces solo enseñaba a fingir.
Sebastián aún no fingía.
Giró lentamente la cabeza. A su izquierda, un hombre bestia felino dormía con un brazo cubriéndose los ojos. A la derecha, una litera vacía. La mayoría de los internos evitaban ocupar camas cercanas a él. No por miedo, sino por una incomodidad difícil de explicar. Sebastián no era agresivo. No era ruidoso. No pedía nada. Y eso, para muchos, era peor.
Incorporarse le tomó más tiempo del habitual. Sus manos temblaron cuando apoyó los pies en el suelo frío. Las marcas en sus muñecas seguían allí, apenas disimuladas por el tratamiento regenerativo. El cuerpo recordaba cosas que la mente se negaba a procesar.
—¿Te mareas?
La voz era femenina. Baja, pero clara.
Sebastián alzó la mirada.
Ella estaba de pie junto a la litera vacía. Era de su misma especie o, al menos, cercana. Rasgos caninos definidos, orejas altas y alertas, pelaje gris claro con matices plateados que no parecían apagados por el encierro. Sus ojos eran amarillos, atentos, vivos. Demasiado vivos para ese lugar.
No llevaba bozal. Tampoco collar.
Eso fue lo primero que notó.
—No —respondió Sebastián tras una breve pausa. Su voz salió áspera, como si no la hubiera usado en días—. Solo… lento.
La mujer inclinó la cabeza, evaluándolo sin descaro.
—Soy Lía —dijo.
Sebastian asintió en su dirección como respuesta, recordaba que ya se había presentado anteriormente. Se preguntó si acaso esto se había repetido más veces en el pasado, pero estaba demasiado "distraído" para retener esa información.
Ella no lo tocó. No se acercó más de lo necesario. Ese detalle no pasó desapercibido.
Durante el desayuno, Lía se sentó frente a él sin pedir permiso. Movía los cubiertos con naturalidad, comía despacio, observaba a su alrededor como alguien que aún se permitía curiosidad. Sus orejas estaban alertas captando cualquier ruido a su alrededor, a diferencia de las orejas de su compañero, cabizbajas. Sebastián apenas probó la comida. El estómago se le cerraba sin previo aviso últimamente.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —preguntó ella.
Sebastián tuvo que pensarlo.
—No sé.
—¿Te visitan?
La pregunta fue directa. Demasiado.
Sebastián negó con la cabeza.
—No.
Lía lo miró un segundo más de lo socialmente aceptable, pero no insistió.
—A mí sí —dijo, como si hablara del clima—. Mi antiguo propietario firmó una cesión voluntaria. Dijo que yo “merecía algo mejor”. Supongo que eso me hace afortunada.
Sebastián no supo qué responder. La idea de un humano soltando algo valioso por consideración le resultaba ajena.
—No estuve en una arena —continuó ella, como si adivinara sus pensamientos—. Trabajo doméstico. Seguridad ligera. Nada extremo.
Eso explicaba muchas cosas. La forma en que se sentaba sin rigidez. La ausencia de cicatrices visibles. El modo en que sus orejas se movían libremente, sin ese tic defensivo que él mismo no podía controlar.
Durante la terapia física, Sebastián tuvo que detenerse dos veces. El fisioterapeuta no lo presionó. Tomaba notas, ajustaba parámetros, hablaba en un tono profesional que no prometía nada más allá de funcionalidad básica.
Desde la pared acristalada, Sophia observaba.
No había avisado de su visita. No necesitaba hacerlo. El centro sabía reconocer cuándo alguien como ella cruzaba sus puertas. No llevaba traje formal ese día. Pantalones oscuros, camisa clara, cabello recogido de manera práctica. No parecía una benefactora. Parecía alguien evaluando una inversión a largo plazo.
Sus ojos siguieron a Sebastián mientras éste fallaba en completar una secuencia sencilla de equilibrio.
Demasiado lento. Demasiado contenido.
Anotó algo en su tableta.
Lía también la vio.
—¿Quién es ella? —preguntó en voz baja cuando Sebastián regresó al banco.
Sebastián tardó en responder.
—Alguien que ya me conocía —dijo finalmente.
Eso era lo más cercano a la verdad que podía permitirse.
Sophia no se acercó. No ese día. Observó. Habló con el personal. Revisó informes. Hizo preguntas incómodas. Y se fue.
La ausencia pesó más que su presencia.
Esa noche, Sebastián se despertó sobresaltado. No había soñado. Eso era lo alarmante. Antes, incluso en los peores momentos, había imágenes. Ruido. Sensaciones. Ahora, nada. Solo una conciencia brusca de estar vivo.
Lía estaba sentada en el borde de su cama.
—Te escuché respirar raro —dijo—. Pensé que te dolía algo.
Sebastián tardó un segundo en procesar que no estaba en peligro.
—No —murmuró—. Solo… despierto.
Lía no dijo nada. Solo se quedó allí, presente. Y eso, de alguna manera, fue peor.
Al día siguiente, Sophia recibió el primer informe detallado.
Lo leyó dos veces.
Estado físico: frágil, pero recuperable.
Estado psicológico: disociación persistente.
Conducta: pasiva, no agresiva, cooperación mínima.
Observaciones adicionales: responde mejor en presencia de estímulos familiares no invasivos.
Sophia cerró el archivo.
Pensó en la forma en que Sebastián había bajado la mirada. En cómo no había pronunciado su nombre.
No pidió perdón.
No pidió nada.
Y eso era, con diferencia, lo más imperdonable de todo.
Porque significaba que ya no esperaba nada de ella.
Y Sophia no estaba acostumbrada a ser irrelevante.
Comentarios
Publicar un comentario